ORGANIZACIÓN DE LA VIDA MONACAL

Organización de la vida monacal. CoroLas jornadas en el monasterio discurrían de una forma reglada y rígida, sometida a la disciplina, obediencia y autoridad del abad y a la Regla de la Orden. El abad era la máxima autoridad en el monasterio y tomaba todas las decisiones sobre la vida en el cenobio, tanto de índole económico como espiritual.

– La actividad espiritual de los cistercienses se basaba en el Oficio Divino (Opus Dei) y se desarrollaba en el coro, con una duración aproximada de seis horas diarias a las que había que añadir las misas. Las obligaciones espirituales de rezos comunes se alternaban con la lectura de libros devocionales (lectio divina) que se llevaba a cabo en armalorium, el nicho en el que se guardaban las lecturas. El silencio obligado que la clausura imponía, únicamente se rompía para los rezos cantados en el coro, la lectura de la Regla, la distribución de las actividades diarias por parte del prior y las confesiones públicas que se realizaban, delante de toda la comunidad, en la Sala Capitular. Para subsanar las necesidades de comunicación indispensables se acudía al locutorio, aunque también se recurría, para las cuestiones de urgencia, a un lenguaje de signos sencillo y suficiente.

– El trabajo manual era indispensable y se desarrollaba durante unas seis horas diarias durante el verano. A la llamada de la campana que convocaba al oficio divino los monjes debían dejar sus quehaceres y dirigirse con diligencia al coro de la iglesia.

– El trabajo intelectual fue denostado en los momentos iniciales de la Orden. Sin embargo a partir del siglo XIII se consideró indispensable la formación de los monjes, creándose el Colegio Bernardo de París. A partir de ese momento se entiende la actividad intelectual como un elemento más del trabajo y la vida de los cistercienses.

– El descanso y la comida. Los monjes del Cister debían realizar un lavatorio de manos en la fuente que se hallaba en el claustro antes de comer. Su comida se llevada a cabo en el refectorio y consistía en una generosa ración de pan, verdura y fruta que se acompañaba con vino, aunque enfermos y monjes de cierta edad podían tomar además carne y pescado. Durante la comida, que se realizaba en absoluto silencio, un monje leía la Biblia desde un púlpito.